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Un verdadero ser humano: la simplicidad y la complejidad en Drive.

“If I drive for you, you get your money. You tell me where we start, where we're going, where we're going afterwards. I give you five minutes when we get there. Anything happens in that five minutes and I'm yours.”


Una ciudad oscura, las luces de los edificios. Al unísono una banda sonora post moderna futurística de sintetizadores nos acompañan en nuestro viaje alrededor de la ciudad. Un objetivo, 5 minutos, un auto, un conductor y synthwave. Es todo. Una premisa sencilla, una visión sencilla. Esto es Drive.


Decir que es una de las obras más divisoras de Nicolas Widing Refn es caer en una redundancia: todas sus películas lo son. El director tiene la capacidad (o la intencionalidad inconsciente) de crear dos opiniones contrarias: la de la crítica y la de la audiencia. Sus cintas no son para todos; mientras la primera cataloga sus films como logros increíbles dentro del mundo cinematográfico, la audiencia los rechazan como objetos escandalosos y vanidosos que terminan siendo, en términos prácticos, aburridos.


¿Cuál es la opinión correcta? Un acercamiento a la película nos da la respuesta: el valor de la obra de Widing se construye netamente en un lenguaje visual que se gestiona cuidadosamente en el trabajo de la luz, la sombra, el color y la música. Estos son los ingredientes que conforman la estética de Drive y los que la elevan en una combinación casi perfecta y en una obra inusual.


Un detalle importante: la música, más que un acompañamiento de fondo, es una herramienta que aporta una profundidad y complejidad visual al desarrollo de la película. Desde el primer momento la banda sonora marca el tono de la cinta. Incluso, la relación clave entre los personajes principales se construye a través de una secuencia donde la luz y la música conforman un balance que solo puede catalogarse de mágico. No porque se refiera a un momento fantástico, sino porque en especial esta escena sugiere una sensación excluyente que parece alejarse de la cruda y macabra realidad que acosará dentro de breve a los personajes, pero que sin embargo, logra encajar con facilidad con el tono de la película.



Este el momento donde entendemos en perfección al personaje de “El Conductor”: inocencia y brutalidad. Este viene siendo el tema principal de la obra: el encuentro y el choque entre dos polos opuesto: el caos y el orden, la belleza y la fealdad, la vida y la muerte. “El Conductor” es una encarnación de esta dinámica: por una parte desea mantener el orden y el control (lo bello), busca protegerlo a toda costa, y precisamente, para lograrlo, recurre a las fuerzas adversas del caos (lo criminal) para mantenerlo bajo cualquier precio.


Tomando esta aseveración en cuenta, entendemos el porqué de la vanidad en la obra de Widing: lo es porque necesita serla. Sus adornos, no solo funcionan como ornamentos estáticos. Estos funcionan como elementos que aderezan la complejidad de su cinta. Corregimos: no es una visión sencilla. Es una compleja que se construye de muchas capas que a simple vista pudieran pasar desapercibidas.

El personaje de Ryan Gossling no es un héroe. Mucho menos, una representación hueca de un ser humano. Lo contrario: es uno, uno que Widing adorna con comportamientos únicos y extravagantes que sirven para sostener la tesis de su obra: el encuentro entre dos fuerzas opuestas, dos caras de una misma moneda. Tal vez por esto su figura se acera más a la del antihéroe, porque no se somete a principios absolutos del bien y el mal, sino porque se aventura en zonas más grises. A momentos parece tener una actitud de niño, a otros se convierte en una máquina de matar. El fuerte contraste puede que acerque al personaje a una conducta macabra de asesino en serie, pero es la forma en como la historia decide mostrarnos la lucha de estas fuerzas: extremo A y extremo B.


El Conductor no es un rol, tampoco una fuerza imparable. Es sencilla y complejamente un verdadero ser humano atrapado en un mundo noir multiculor post moderno.

Sí, es una historia sencilla, pero su riqueza no se encuentra en un complicado plot con vueltas inesperadas, sino en lo complejas que son las relaciones humanas y lo simplicidad con la que queremos disfrazarlas: el bueno y el malo no son conceptos que ya aceptamos en nuestra cotidianidad. Estos se quedaron arcaicos. Ahora, entendiendo la sociedad nihilista en la que vivimos, pareciera que pedimos y gritamos por personajes ficticios que a abarquen nuevas y distintas dimensiones y que se parezcan más a los monstruos del ayer y a los asesinos de hoy, que a las emblemáticas figuras y honradas figuras del pasado. Este es el hombre adulto de hoy: ”El Conductor”.

Y sin embargo, no todo es tétrico: por más raro e improbable que parezca, aún existe la inocencia: la niñez y el amor de una madre por su hijo. Por más que vivamos en un mundo donde reine el crimen, aún se encuentran vestigios de luz. Esto es lo que el hombre (el destruido y enviciado hombre) busca proteger. Esta es la eterna lucha de la inocencia contra corrupción, del mundo de Drive, y del nuestro. Widing solo nos presenta esto en una obra con mucho estilo, con una historia sencilla, pero con muchos y complejos matices.


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