Hocus Pocus: historia de un constante retorno
- Scarlin Escalona
- 31 oct 2020
- 4 min de lectura
Bringeth to a full rousing bubble, then add two drops oil of boil and a dead man's toe. Next, add a dab of newt saliva, dash of pox. Stir thrice.

Hubo un tiempo donde las personas vivían sumidas en las tinieblas, a pesar de la claridad del día o de los tenues rayos de sol que visitaban la tierra durante los meses invernales. O eso cuentan las leyendas. Cuentan que no había diferencia entre las mañanas y las noches, que en determinadas ocasiones se veía la cabeza de un bebé (¿o de varios?) flotando al atardecer y que tenían suerte aquellos que no se cruzaban con unas mujeres agraciadas cuyas siluetas no se reflejaban en el agua ni en los objetos de vidrio y que, poco a poco, iban deformando su aspecto hasta quedar como bolas amorfas de carne y sangre.
Se dice que las semanas transcurrían en una oscuridad metafórica y algunas veces real. También se comenta que las enfermedades, pobreza y discordia eran causadas por esas figuras aparentemente femeninas que, según la gente, buscaban con ansias la inmortalidad; pero –si lo pensamos– con una existencia imperecedera ya contaban, ¿entonces qué anhelaban? Una piel tersa que no se deteriorara con los años ni se llenara de verrugas o manchas, resistencia corporal y vigor para respirar. Deseaban, como se exponen en los mitos o murmuraba en los poblados, la eterna juventud.
Lozanía que Winifred, Mary y Sarah obtenían cuando atraían a los niños para absorber su inocencia e ingenuidad. Para consumir su vitalidad, suprimir su conciencia y detener su pulso. Para llevar a cabo el intercambio de una vida por otra y, de esa manera, recuperar (o mantener) la estabilidad física que les permitía fingir que eran tres damas indefensas y sin la protección del nombre de un caballero.
Sin embargo, las Sanderson no lograron escapar de los juicios que se realizaron en Salem ni esquivar la horca, desintegrándose como las mariposas cuando alcanzan el final de sus horas, pero no sin antes decretar su regreso de la muerte y dejar –de guardián y enemigo– a un gato negro que se desplazaba por la ciudad sin poder descansar.

Así se percibe que el suspenso es el primer elemento con el cual nos cruzamos en Hocus Pocus, donde ver a un caballo relinchar, un aquelarre en formación, una cabaña en la hondura del bosque y una sombra con capa, capucha y escoba pasar cerca de la ventana nos hace pensar que la película será un retrato del imaginario colectivo que predominó en el siglo XVII. Percepción que se distorsiona pocos segundos después, justo cuando nos presentan las actitudes de las Sanderson y tanto Sarah como Mary expresan sus primeras frases.
A partir de ese momento, el terror se diluye y la comedia ocupa su lugar, pues ya no estamos frente a almas demoníacas que se desfiguran y se transforman en aves con rostros de doncellas, sino ante un grupo de brujas que intentan comprender la estructura de una sociedad que desde las últimas décadas llamamos moderna. Por tal motivo es relevante preguntarnos si ¿el largometraje es una parodia del pensamiento medieval o de la civilización? Más que la sátira de una época específica, la cinta se puede apreciar como un reflejo de los comportamientos contradictorios de la humanidad: sus actos inexplicables (festejar un acontecimiento que antes inspiraba temor y disfrazarse de aquello que suele erizar la piel) y su tendencia por encasillar los sucesos dentro de un orden racional o exagerarlos usando la imaginación.
Debido a ello, con el objetivo de ir desdibujando las nociones completamente lógicas o fantásticas acerca de la brujería, Hocus Pocus nos ofrece otra visión donde los seres infernales (en este caso las Sanderson) tienen un carácter más humano, razón por la cual sienten celos, asesinan por deslealtad, saltan de felicidad, hacen círculos de relajación y exhiben comentarios incongruentes. En varias de las escenas, sus conductas son tan discordantes o disparatadas que tantean el campo de lo absurdo.
Recurso que, quizá, utilizó el director y coreógrafo Kenny Ortega para acentuar la comedia. Elemento que el espectador percibe a través de los diálogos ambiguos e hilarantes y mediante los movimientos o ademanes sincrónicos de los personajes, similares a una danza. Aspecto que, desde la distancia y de forma trivial, nos permite relacionar el filme con un musical.
Pero si bien es cierto que las secuencias cómicas alejan el sentimiento de angustia generado por el pánico, también es veraz que hay una sensación que no se pudo eliminar y es el repudio: mirar a un ojo –incrustado en un libro– cerrar y abrir su párpado, observar cómo la saliva cae en un caldero y detallar el rostro de Max cuando lo acaricia el aliento de un zombie que tenía trescientos años sin hablar ocasionan que el público se enfrente a la inquietud que causa la descomposición y las cosas (¿u objetos?) con textura viscosa. Lo grotesco, expuesto sutilmente, nos recuerda que la temática principal del largometraje es el horror, aunque su significado tradicional haya sido alterado.
En este sentido, no parece incoherente manifestar que dicha película –estrenada en 1993– es la representación de la realidad como un teatro. Una realidad que se despliega en varios espacios donde el pasado y el presente, la antigüedad e innovación y la confianza o desconfianza hacia lo divinidad son rasgos que se van entrecruzando y rechazando. Hocus Pocus nos enseña a afrontar lo extraño e ininteligible y nos muestra que, a pesar de los avances, hay ideas que no desaparecen o que retornan continuamente, tal como el instinto primitivo de creer en lo sobrenatural.
Además –de acuerdo con el susurro del viento, cuya corriente guarda las voces y los secretos de los antepasados– Winifred, Mary y Sarah están por regresar. Cuenta la leyenda que, aunque se evaporen mil veces, las Sanderson volverán hasta que materialicen sus propósitos. Hasta que la actividad de dulce o truco deje de ser un juego y se convierta en un castigo que estos seres perpetuos puedan ejecutar.









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