Oda al arte y la seducción en Retrato de una mujer en llamas
- Rennyer González

- 18 sept 2020
- 3 min de lectura
—Tu presencia está hecha de momentos efímeros carentes de verdad.
—No todo es efímero. Algunos sentimientos son profundos.

Una mujer pinta, observa, delinea, se detiene, se aleja, vuelve a comenzar, traza de nuevo los primeros contornos, ve cómo la figura comienza a surgir como la llama que emerge desigual de los chasquidos de una cerilla, primero titubeante, casi siempre al borde de extinguirse antes de recobrar vida. Se aparta de nuevo del lienzo casi virgen, prueba observando desde una perspectiva distinta, frunce el ceño, no termina de entender qué le falta o qué le sobra, sólo sabe que no está satisfecha, así que vuelta a empezar. Quiere retratar un rostro, pero entiende que el arte no puede limitarse a imitar lo que observa, que quien mira un cuadro no piensa sólo en la escena retratada sino en la historia que se asoma por detrás de ella, la infinidad de relatos que desbordan, arman y desarman a la imagen. Sabe que más que reproducción mecanizada, el arte es la representación de la experiencia potenciada al límite de sus posibilidades, una representación que invita a la especulación, el juego, la memoria y la pasión.
La nueva película de la escritora-directora Cèline Sciamma, Retrato de una mujer en llamas (2019), narra el relato soterrado de la creación de la pintura que da el nombre a la cinta. En algún lugar de Francia hacia finales del siglo XXVIII, Marianne (Noémie Merlant) recibe el encargo de retratar a Hèloise (Adèle Haenel), una joven a punto de casarse con un milanés que no conoce. No es, sin embargo, una tarea rutinaria porque Hèloise se niega a posar, lo que obliga a Marianne a hacerse pasar por una acompañante de la joven y dedicarse a observarla en silencio sin que ella lo note. La cámara se convierte por largos pasajes en los ojos de la pintora que recorren con minuciosidad cada pliegue del rostro de Hèloise, que estudian cada gesto, espasmo, la comisura de sus labios, las expresiones involuntarias que adquiere su cara cuando se molesta, cuando no entiende algo, cuando se emociona inesperadamente. Hèloise también la mira, también va creando su propia imagen de la pintora, también va descubriendo el amor y el arte de la seducción silenciosa a través de miradas furtivas y detalles que sólo los enamorados son capaces de percibir. La brevedad de sus encuentros, el estudio pormenorizado del objeto amoroso y el aliciente de ceder al impulso de entregarse a un amor prohibido, hacen que surja entre ellas una pasión desenfrenada, de esas condenadas a extinguirse casi tan pronto como iniciadas y que por eso mismo permanecen en el recuerdo como un sello que de a poco va perdiendo color sin llegar nunca a borrarse.

A medida que transcurre la película, el cuadro en el que trabaja Marianne va adquiriendo más relevancia por el significado de que se va cargando. Al principio es sólo un encargo rutinario, luego pasa a ser un desafío intelectual que a su vez se convierte en la excusa para pasar más tiempo al lado de Hèloise y termina transfigurándose en la única reminiscencia física del amor nacido del voyerismo y la paciencia, una cápsula del tiempo que permite a las dos protagonistas revivir ese breve e intenso amorío al que alguna vez se entregaron a hurtadillas y que jamás podrán volver a experimentar en la realidad pero sí en el recuerdo y en la distancia. En Retrato de una mujer en llamas se entiende el arte como la única forma verdadera de permanencia, como estallido de la experiencia y de los sentidos, un artefacto donde se dan cita el hedonismo, la memoria, el pasado, el presente y el porvenir. La película de la versátil directora francesa es una preciosa oda a la libertad, el amor, los sentidos, la feminidad, la pasión, el cuerpo y la rebeldía, pero sobre todo al proceso creativo y a la satisfacción derivada de la contemplación de la obra ya finalizada.








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