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Sobre la irracionalidad de la violencia en No Country for Old Men

What’s the most you’ve ever lost in a coin toss?

Las mejores películas establecen el tono de la historia desde la primera secuencia, introducen al espectador directamente en la trama sin rodeos innecesarios, sin palabras o imágenes de más. No Country for Old Men (2007) comienza con la reflexión nostálgica del sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones) sobre la maravilla que representaba ese puesto en tiempos de su padre y su abuelo, un tiempo en el que las armas no eran necesarias y los crímenes eran escasos y fáciles de resolver. A él le tocó la época difícil, esa en la que hay que enfrentarse a muchachos que asesinan a niñas de catorce años sin razón aparente, sólo porque el deseo de matar es más fuerte que la lógica y el sentido común. El mundo cada vez se vuelve más complejo, los crímenes no tienen por qué tener un motivo discernible, la época de oro pasó y ahora es casi imposible percibir los límites de la violencia. Lo que predomina en el presente es la desesperación y la inminencia de una muerte inesperada y, probablemente, violenta a manos de alguien para quien la vida y la muerte están separadas sólo por la fortuna detrás de un lanzamiento de moneda.

Mientras Ed termina su pequeño monólogo, aparece en pantalla Anton Chigurh (Javier Bardem), de quien otro de los personajes más adelante dirá que sólo puede ser definido como una persona con nulo sentido del humor. Desde su primera aparición, Chigurh va dejando tras de sí un rastro de sangre que se va haciendo más largo a medida que pasan los minutos. Su misión, si es que se le puede llamar de esa forma, es buscar y matar a Llewellyn Moss (Josh Brolin), un cazador que, por pura casualidad, se encuentra un maletín con dos millones de dólares producto de un negocio de droga que salió mal. Es una historia sencilla, contada sin adornos ni matices, tan desnuda como el desierto de Texas, lugar en que está ambientada.

Cada secuencia se desarrolla con parsimonia y frialdad, como si la narración se moviera al paso de Chigurh. No existen largos planos secuencia, conversaciones extensas y tampoco trucos ni giros inesperados en la trama. De hecho, lo que predomina es la cámara estática y una minimalista pero detallada puesta en escena. Algunos, los menos, han criticado la película por la sencillez del guion y “lo poco cinematográfico que es”. La han incluso calificado de aburrida y “poco interesante”. Quizás esas críticas se presenten precisamente porque no se entiende el punto del filme y porque no se conoce el estilo del autor de la novela que le da el nombre a la cinta. Los Hermanos Coen se encargan de colocar en imágenes, y con el mismo estilo directo, más bien bíblico, lo que Cormac McCarthy pone sobre el papel en su texto. Ambos artistas describen todo con cierta distancia, casi de forma objetiva. No buscan interferir con los intercambios de los personajes por medio de extravagantes giros de cámara ni palabras cargadas de emoción y belleza. El relato se hace más fuerte gracias a ese desafecto con que se narra.

Quizás la escena más recordada y terrorífica de la película sea esa donde Chigurh entra a una estación de gasolina, destapa un caramelo y se dispone a pagar. El dependiente inicia, sin embargo, una conversación como para matar el silencio incómodo que se crea durante el intercambio. El hombre intenta mantener un tono amigable, pero Chigurh lo corta continuamente con frases enigmáticas que desconciertan a su interlocutor. Sin razón aparente, ya casi al final de la escena, Chigurh le pregunta que qué es lo más importante que ha perdido en un lanzamiento de moneda. El otro parece no entender, así que le repite la pregunta. Nunca lo dice, nunca lo amenaza directamente, pero queda claro durante la secuencia que lo único que separó al dependiente de la muerte fue el resultado de ese lanzamiento. Es una escena que coloca de manifiesto la naturaleza del personaje, ese mismo tipo de asesino al que se refería Ed Tom Bell durante la secuencia de apertura. Chigurh no es un personaje al que se pueda entender, no siente como el resto de las personas y tampoco piensa como ellas. En su mente parece no haber nada que distinga el bien del mal o la vida de la muerte. El resto del mundo no existe para él sino como obstáculo que lo separa de un objetivo difuso que nunca llega a aclararse en la película. ¿Los dos millones de dólares? ¿Atrapar a Moss sólo para demostrarle que no es posible escapar de él? ¿Ver el mundo arder sólo por el placer de observarlo?

Es por eso que Ed Tom Bell no tiene ya cabida en este mundo. El nombre de la película hace alusión a los sheriffs y pasadas figuras de autoridad, pero también a una época que ya sólo queda en la memoria de quienes la vivieron. El nuevo mundo les pertenece a personajes como Chigurh, son ellos quienes dictaminan las reglas y determinan el destino de la escena moderna. No por nada tanto la película como la novela se encuentran ambientadas en los 80, una década en la que se instaló la ley que aún seguimos del dinero como principal gobernante y la violencia como su primera aliada. Plata o plomo no es simplemente una frase pegajosa, es también un aforismo que define a toda una generación, aunque Chigurh también subvierte esta regla y la convierte en plomo o plomo. Y es quizás es lo que lo convierte en un personaje único en la historia del cine.

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