La deconstrucción del lenguaje nupcial en Marriage story
- Rennyer González

- 11 dic 2019
- 4 min de lectura
You want to present yourself as a victim because it’s a good legal strategy? Fine, but you and I both know you chose this life. You wanted it until you didn’t.

La película comienza con la lectura de una historia y termina de la misma manera. Es el relato idealizado de dos personas que, desde la primera escena, sabemos que se encuentran al borde del divorcio. Ambos se hallan en la oficina de su mediador quien les había asignado como tarea la escritura de una carta que describiera las cosas que aman del otro. Es una forma de alcanzar la separación de forma pacífica, sin confrontaciones y con el menor sufrimiento posible, mas en el último momento los rencores del pasado salen a flote y les impiden leer sus respectivas cartas, como si al hacerlo temiesen que las palabras perdieran todo el sentido y el ideal de pareja se terminara de transfigurar en la persona a punto de salir de cada una de sus vidas que se encuentra a su lado en ese momento. Nosotros, los espectadores, somos los únicos en escuchar lo que se dice en cada relato y nos embelesamos con las imágenes de lo que parece ser una historia de amor que suena imposible de tan bien narrada, donde se cuida cada detalle, donde los protagonistas aparentan no hacer otra cosa que vivir para amar al otro o donde todas las cosas que hacen de alguna u otra forma se encuentra relacionada con el otro. Al terminar la narración en voz en off, sin embargo, caemos en la realidad, en una fría habitación de Nueva York, donde ambas partes tratan de encontrar la forma menos dolorosa de firmar los papeles de divorcio. Así es como comienza Marriage story.
Mas que “matrimonio”, lo que resalta de ese título es la palabra “historia”. Todos los personajes de la película están empeñados en contar su versión del matrimonio, algunas veces para tratar de entender lo que sucedió realmente, pero la mayoría del tiempo para obtener cierta ventaja sobre algún otro personaje. La cinta se va volviendo cada vez más tensa y beligerante porque los personajes entienden que lo que importa no es lo que ellos sienten con respecto al matrimonio, ni lo que los hizo llegar hasta ese punto, sino la narración de lo que ellos dicen que sucedió. Cada uno se hace con los servicios de un abogado y es ahí cuando tiene lugar la lucha que desde el principio se habían prometido que nunca iniciarían. Una vez que el lenguaje frío y lleno de sarcasmo de la ley hace entrada en la película, Marriage story se convierte casi en un ring de boxeo, donde en teoría los golpes bajos están prohibidos, pero son los que determinan al ganador de la batalla. Ambos protagonistas se destrozan mutuamente a través de las bocas de sus abogados que dicen lo que ellos nunca han sido capaces de decirse durante el casamiento idílico del que están a punto de salir. Es también un dibujo muy bien calculado y diseñado por Noah Baumbach de cómo Norteamérica es una máquina de convertir todo en lenguaje e industria, incluyendo el matrimonio y el divorcio, tema de los que la ley parece nutrirse y generar ganancias a costa de la miseria y el dolor ajenos.
Marriage story más que una historia sobre un matrimonio es una película sobre el lenguaje que constituye al matrimonio, la narrativa que lo construye y lo convierte en un relato legible y digerible. Los personajes pasan gran parte de los 136 minutos que dura la cinta ensayando lo que van a decir, pensando en los gestos que deben realizar, el tono con el que deben pronunciar cada palabra, igual que hacen para practicar los diálogos de las obras de teatro que representan. Siempre que llegan a juicio o se reúnen con sus abogados para discutir la repartición de bienes y la custodia del niño, lo hacen con un relato preparado, con un lenguaje practicado de antemano, pero no sólo lo hacen en esas instancias, sino incluso en escenas de su vida privada —como cuando ella le va a hacer entrega a él de los papeles de divorcio preparados por su abogada— hay un montaje pensado de antemano, una teatralidad que trata de esconder o de esquivar el sufrimiento que produce una separación y el resto de personajes fungen como actores de la historia representada en el matrimonio y futuro divorcio que ambos protagonizan. Lo que hace más interesante a la película es que tanto Nicole como Charlie entienden lo hizo que su relación fallara una vez que se narran a ellos mismo la historia de su matrimonio, una vez que escriben lo que ellos creen que sucede, una vez que deconstruyen el lenguaje que ellos mismos han creado para mantener la ilusión de felicidad, aunque no hayan sido felices en mucho tiempo, no porque ya se hayan dejado de amar, sino porque ya el amor no es suficiente y la ficción ya no alcanza para arropar a la realidad que se desborda por los espacios que quedan entre las palabras que en definitiva constituyen su trama nupcial.








Interesante análisis visto desde la óptica de que todo es discurso, a pesar de que no existen palabras para todas las cosas. La verdad y la ficción (la cual no podríamos entender como mentira sino como una forma de fijar una realidad o una forma de vivir, como si la ficción fuese una línea de acción) conviven paralelamente pero quizás de forma aislada y no reconciliada. Quizás he ahí el drama de la pareja: no poder conciliar los discursos individuales dentro de su realidad colectiva. Ambos ideales discursivos sobre el matrimonio no son satisfechos en un acuerdo en el que ambas partes sean felices. Muchas veces prima el discurso del silencio y el discurso que no es escuchado; y el…