Cinefilia
- Rennyer González

- 25 may 2020
- 2 min de lectura
Actualizado: 26 may 2020
I was one of the insatiables. The ones you'd always find sitting closest to the screen.
Why did we sit so close? Maybe it was because we wanted to receive the images first.
When they were still new, still fresh.

Creo que la primera vez que me sentí del todo identificado con una película fue cuando vi The Dreamers. Entonces entendí realmente el significado de la palabra “cinefilia”. Hasta ese momento relacionaba el término con el consumo indiscriminado y pasivo de películas en ese lugar de pantalla grande que hemos convenido en (mal) llamar “cine”. Cualquier persona que asistiera mensualmente al cine para mí era un cinéfilo, sin importar el género de la película que viera o la forma en que la mirara. No existían las clasificaciones o las distinciones. Podían ser fanáticos y conocedores del cine de Bergman o simples comedores de palomitas de esos que se sientan a esperar explosiones y chistes obvios y se hacen selfies en la semioscuridad del #cineconlosamigos. La película de Bertolucci me mostró la verdadera esencia de esa deliciosa obsesión un tanto enfermiza llamada, despectivamente, cinefilia.
Los personajes de The Dreamers viven desde, por, para y con el cine. Son tres jóvenes que sufren de una suerte de quijotismo aplicado al cine. Conocen los nombres de los directores más aclamados de la época —la cinta está ambientada en la década de los 60—, representan escenas de sus películas favoritas en los momentos más inesperados e inventan competencias alocadas en las que deben adivinar el actor/película/director que en ese momento estén retratando. Incluso reviven la célebre secuencia de Banda Aparte en la que los protagonistas hacen una carrera a lo largo del Louvre en menos de 10 minutos. El cine es lo que los define: todas sus ideas, todos sus actos, todas sus manías y opiniones son sacadas de ese filtro intensificador de la experiencia que representa el cine; desbordan la realidad y penetran el mundo encapsulado eternamente en las imágenes en movimiento que observan con fascinación desde sus asientos. Discuten acerca de si el mejor cómico en blanco y negro del mundo es Keaton o Chaplin, pasan horas analizando las imágenes hipnóticas de Shock Corridor, se sientan en las primeras filas de los cines “para captar las imágenes antes que cualquier otro espectador”.

Ser cinéfilo no es nada más una incontrolable adicción al cine, como lo es el alcohol para el alcohólico, el tabaco para el fumador, el juego para el ludópata. La cinefilia es también una forma distinta de observar el mundo, una manera de entender y clasificar la experiencia. Muchas veces me he sorprendido manteniendo conversaciones que más tarde entiendo como una pobre versión de los diálogos naturalistas y llenos de sabiduría de Linklater. Me he encontrado en situaciones absurdas que sólo pueden encontrarse en películas de los hermanos Coen. A veces lucho con la desidia y el desencanto como hacen los personajes de Jim Jarmusch o siento que la vida transcurre a la velocidad de uno de esos filmes de Scorsese que duran cuatro horas, pero se sienten como de 30 minutos. Está claro que es una enfermedad, mas la maravilla y el mundo de posibilidades que abre, convierten a la cinefilia en la única afección que produce más satisfacción mientras más larga y grave se hace.








Comentarios